No hay nadie ahí
Aprendí a estar tranquilo
cuando dejé de preguntarme qué hice mal.
No fue mi culpa:
fue un encuentro que no supo quedarse,
un casi que no aprendió a ser hogar.
Hoy agradezco incluso lo que dolió,
porque me devolvió a mí.
La imagen perfecta se cayó sola,
y al verla humana, incompleta,
también me sentí más liviano.
Del dolor nació una forma nueva de mirar,
menos ansiosa, más honesta.
Sigo creyendo en el amor,
pero ya no lo persigo:
camino, y si llega, que me encuentre en paz.
Me dolió, sí.
Pero el dolor me bajó del pedestal
donde te había puesto sin permiso.
Cuando dejé de idealizarte,
dejé también de perderme.
Hoy estoy tranquilo,
no porque no duela,
sino porque ya entendí.
Sigo con esperanza,
pero no en búsqueda:
si algo viene, que no me quite la calma.
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